lunes, 16 de septiembre de 2013

Enseñar a controlar la impulsividad. Algunos consejos


Quiero hacer un corto análisis de algunos anuncios, para ver las ideas que pululan en nuestro entorno y, a bote pronto, me encuentro con lo siguiente: según una conocida marca de refrescos, la felicidad se encuentra destapando una de sus botellas.  Otro ejemplo, “Hay que ser muy bueno para ser un bollycao”; te compras el bollo industrial, te lo comes y ya eres lo más…Estos son dos ejemplos de los mensajes con los que nos bombardean las principales marcas publicitarias, que podrían resumirse de la siguiente manera: todo se consigue fácilmente, eres más feliz consumiendo, las metas se alcanzan sin esfuerzo…., comprar, consumir, inmediatez, placer, diversión.

 Según los expertos recibimos una media de 3.000 impactos publicitarios diarios, más de un millón al año y casi todos en la línea de lo anteriormente dicho, aunque hay honrosas excepciones.  Unos dirigidos a quien decide comprar, otros a quien influye para que se compre, otros a quienes consumen directamente el producto, pero no lo compran, etc. Nadie se libra, ya sea porque tiene dinero y, como dicen los chavales “el power”, o porque influye en el que lo tiene.

 Los carritos de la compra, en las grandes superficies comerciales, están diseñados para que se desvíen hacia la izquierda y podamos acercarnos, con más facilidad, a las estanterías, para coger el producto. Los espacios comerciales están diseñados para que compremos de forma compulsiva: solo podemos entrar por un punto, no hay varias entradas en la línea de cajas; los productos de primera necesidad, como el pan o la leche se encuentran en el fondo, de esta manera andamos más y la “vista funciona”; cuando aprendemos la colocación de los productos, los cambian de sitio; usan el volumen y el tipo de música para que la gente salga rápido, y deje sitio a otros, o se quede más tiempo, etc. Se sirven de nuestros sentidos, “de nuestra debilidad”,  para que compremos más, para  incrementar el beneficio. Saben como actuamos, hay una “psicología del consumo” que se estudia en marketing.

Si nos vamos a los programas de televisión, al cine…., abunda la violencia, el sexo, la palabrería banal y soez, los contravalores, los guiones simples, el “encefalograma plano” etc. En el trabajo todo es urgente. Si coges el coche, más de uno te dice que vas demasiado lento o demasiado rápido y te pita. Las relaciones humanas son  cada vez más fugaces…. Parece que en la vida solo existe el corto plazo, el “ahora mismo”, el “ya”. Nos incitan a adorar lo inmediato.

En las relaciones sociales salta la chispa y el disgusto con cierta facilidad. Nos cuesta comprender, disculpar, dialogar, ceder, escuchar, ayudar. Tendemos a cosificar al “otro”. Cada vez valoramos más a la persona en función de su utilidad. Impulsividad e inmediatez no combinan bien con los valores.

Comida rápida, inglés sin esfuerzo, sé tu mismo, sé  espontaneo, disfruta, consume, platos precocinados, escaparates, luces de neón, ruido y más ruido…Parece que alguien está interesado en que el ser humano no piense, que tome decisiones rápidas, que cambie de coche, casa, ropa, muebles, marido, mujer… de forma COMPULSIVA, IMPULSIVA.

Según el diccionario es Impulsivo el que habla o actúa sin reflexión, dejándose llevar por sus impresiones o impulsos. La definición Identifica el impulso con la irracionalidad. Guiados por la impulsividad se pueden cometer barbaridades. Dice el Juez Calatayud en sus conferencias que todos hemos estado, en algún momento, al borde de cometer una barbaridad.

En esto de la impulsividad hay grados. Hay gente que disfruta de un elevado autocontrol, alcanzado a base de renuncias en lo ordinario, y otros que saltan a la primera.

 La impulsividad nos acerca al comportamiento animal que, en frío, cuando pensamos, rechazamos de plano, pero que cada vez  nos cuesta más dominar.

La impulsividad es lo inmediato, no admite espera, por tanto no da cabida a la razón, al sentido común, a la serenidad. Leo en el periódico que un señor de más de cincuenta años pide el indulto por un delito cometido hace cuatro años. Argumenta la petición en que “ese día perdió los papeles”

Para controlar la impulsividad hay que tener autocontrol y el autocontrol no se improvisa, es fruto de un modelo de educación y convivencia en la familia desde la más tierna infancia, en el que prima la racionalidad, o sea, la pausa, la espera, el análisis, el diálogo, la planificación, la búsqueda de porqués, la voluntad fuerte, el esfuerzo, la serenidad, la austeridad, los límites, los valores, el largo plazo…

El impulsivo es esclavo de los estímulos que lo rodean, su expresión preferida es "me apetece",  entrega su presente y su futuro a otros, no es dueño de su vida…, no la disfruta, vive nadando en la ansiedad.  La persona que se rige por la razón elige en cada momento, no eligen otros por él, es capaz de salir de un supermercado sin una compra, si no estaba lo que buscaba; planifica su futuro, elige metas altas, controla su día a día, gobierna las circunstancias y no se deja llevar por ellas, elige con tranquilidad lo que "debe ser" en cada momento , no lo que le apetece... Educar la impulsividad exige a los padres pulir este aspecto de su comportamiento, en casa, en el trabajo, por la calle, en todo momento. El ejemplo es el mejor maestro.

Llegados a este momento cabe hacerse la siguiente pregunta, ¿qué pueden hacer los padres para conseguir que sus hijos no actúen de forma impulsiva?. Pues ahí van algunos consejos:

·         Fomentar el esfuerzo con refuerzos positivos.

·     Mejor el abrazo, la alabanza, una caricia, una mirada,…para recompensar. Los premios materiales deben ser la excepción, no la norma.

·        Lo que doy a mis hijos está sometido a un criterio con trasfondo de austeridad, consensuado por los padres.

·     Doy ejemplo en casa con la bebida, la comida, las voces, la televisión, las posturas, la conversación, la disponibilidad en las tareas, etc. Cuando voy en coche no grito, ni insulto, etc.

·         Se fomenta el equilibrio en la respuesta habitual a  los estímulos sensoriales: se come en las comidas pero no fuera de ellas; mejor el agua que las bebidas carbonatadas; se controlan los videojuegos, la televisión, Internet y mp3; se exige responsabilidad en el uso de las cosas; se llevan las carencias con señorío, sin quejas; se limita la compra de productos de marca, etc. NO SE LE DA A LOS SENTIDOS todo lo que piden, siempre.

·      Se exige un nivel de rendimiento en los estudios adecuado a las capacidades. Asequible pero costoso.

·         Se exige terminar lo que se empieza y cumplir con los compromisos.

·         En casa el “si” es si y el “no” es no,  de forma habitual. Es la norma

·         Se dialoga con los hijos: comentando una película, hablando sobre su estudio, amigos, las noticias, …El diálogo obliga a pensar, a preocuparse por el otro, a escuchar, a valorar. Con el entrenamos para controlar el impulso.

·         Se fomenta, desde pequeños, la lectura, la cultura  y el deporte.

·         Se evitan los caprichos desde la más tierna infancia. Se controla el llanto como forma de chantaje, no se cede. Se cortan de raíz las agresiones, las voces, los pataleos...desde las primeras manifestaciones. 

·         Se asignan encargos en la casa desde pequeños. Se refuerza positivamente su cumplimiento.

·         El cumplimiento de los horarios se convierte en algo habitual desde pequeños.

·         Las consultas de "respuesta inmediata" se rechazan con un “lo consultaré con tu madre/padre”  y ya te digo. Animas a tus hijos a que planifiquen las cosas con tiempo.
S
       El humor y el descanso ayuda a relajar tensiones y  a evitar los estallidos. A veces la sobrecarga de trabajo o las épocas duras facilitan las respuestas subidas de tono, impulsivas.

·         Es bueno enseñar a ceder, a pedir perdón, a ayudar a los demás, a disculpar, a comprender…En general, los valores son un freno a la impulsividad.

Hace unos días visitaba a un pariente. Tiene dos hijos, un niño de 12 años y una niña de uno.  Cuando llego a la casa la niña se encuentra en brazos de su abuela materna  llorando. La cojo, le hago unas carantoñas, la bailo…y deja de llorar. Casi instantáneamente me viene a la cabeza otra visita que realicé hace unos años a casa de un amigo, profesor y experto orientador familiar. Este tenía, en aquel momento, un solo hijo; una guapísima niña a punto de llegar a su primer cumpleaños. Cuando llegué a la casa me la encontré de frente, sentada en el típico parquecito que permite a los padres tener más o menos controlados a los hijos de esas edades, mientras ellos hacen otras cosas. Clavó su mirada en mis ojos, reclamando que la tomara en brazos e hice el gesto de cogerla, pero el padre me paró en seco - guiado por la confianza que nos une- ,con la siguiente frase: “no te puedes hacer una idea, del trabajo que me ha costado que la niña esté en el parque sin llorar, así que no vengas a chafarme la faena. Yo decido cuando la cojo, no ella” Las cosas no tocan cuando queremos. A lo largo de la vida habrá muchas esperas y hay que estar entrenados..."desde pequeños".

Pues eso, la vida es más estable cuando nuestros padres nos han educado para torear con señorío sus adversidades y disfrutar con equilibrio sus atractivos. Termino con una frase de Voltaire:  “solo es inmensamente rico quien sabe limitar sus deseos” Ánimo y a saber querer con inteligencia a los hijos, a los alumnos, aunque sea más cómodo educar y actuar solo con el corazón.


José Antonio de la Hoz

viernes, 13 de septiembre de 2013

¡No veo frutos en mis hijos!. ¡No veo frutos en mis alumnos!


Recuerdo a un amigo que se quejaba frecuentemente de los escasos frutos de su labor educativa como profesor en un colegio. Pasado un tiempo acompañó a sus alumnos a una actividad intercolegial, de una semana de duración. La convivencia entre los asistentes era intensa y permitía observar como actuaba cada uno en rutinas diarias como el aseo personal,  la comida,  el trato con los demás,  el orden, la puntualidad, la disciplina, etc.  Al terminar la actividad me comentó:  “ viendo cómo se han comportado  mis alumnos estos días, veo los frutos de mi trabajo y el de mis compañeros”.

A veces los padres, también los profesores, pueden no ver los frutos de su labor o creer que los educandos no van al ritmo que debieran. En algunos casos muestran frustración y desencanto, que son sentimientos que invitan a tirar la toalla. Es el momento de recordar que la convivencia diaria con el educando impide ver con nitidez sus avances, que suelen ser lentos y, a partir de la adolescencia, más costosos. Además, los cambios en el comportamiento humano no son fáciles y  exigen paciencia, constancia,  perseguir pocas metas y centrarse en lo importante en cada edad, no en lo urgente. A veces queremos que los niños cambien en todo y en poco tiempo……. Pero eso no es realista.

Todos los que tienen responsabilidades educativas dejan huella en los educandos, para bien o para mal. La conversación, el afecto, la exigencia, el ejemplo, la comprensión, el perdón, la disculpa, la motivación, la confianza…., son actitudes que penetran el mundo interior del educando, dejando huellas indelebles y, por tanto, perdurables, que el educador no percibe en el día a día. Lo que no debe faltar nunca es amor; como decía Johann H. Peztalozzi "un niño que no se sienta querido, difícilmente puede ser educado".

Como, siguiendo a José Antonio Marina, “para educar hace falta toda la tribu”, todos los que somos mayores de edad y contamos con unas facultades mentales normales, influimos en la educación y formación de los menores. Incidimos en su vida  con nuestros actos, con nuestra conversación, con nuestras ideas. Pero influyen especialmente los padres y, de forma subsidiaria, los profesores. También los medios de comunicación, los iguales, los políticos, los parientes, el entorno vecinal, etc.

Quiero centrarme ahora en los padres, porque van a ser la referencia de los hijos más allá de su propia vida (ver en este blog la entrada “Carta de un hijo a su padre ausente”). Los padres tienen defectos,  los hijos tienen defectos y ambos buenas intenciones. Pero a veces unos y otros destacan más los defectos -que son marca de la casa del género humano-  que lo bien hecho.

Recuerdo el caso de una persona cercana, profesional liberal. Cuando hablo con él insiste en que su madre, que se quedó viuda muy joven, y con varios hijos a su cargo, fue poco cariñosa. Conozco a la madre y, obviamente, al hijo. Ella es amable, educada, honesta, fuerte, trabajadora hasta la extenuación, sincera, tenaz, inteligente….y muchas cosas buenas más. Todas a disposición de los hijos durante más de setenta años y los que queden. Todos han bebido de esos manantiales, unos con más intensidad y otros con menos. Además, les va a dejar un notable patrimonio. Pues bien, a veces destacan que fue poco cariñosa y que estuvo poco con ellos. Yo les digo que tuvo que hacer de padre y de madre, que tuvo que sacar la casa adelante en todos los aspectos y que el día tiene 24 horas. También que gran parte de lo que han conseguido y del tipo de personas que son se lo deben a ella, a los hábitos que ellos han visto en su madre, a los consejos que han recibido de ella, a las correcciones, al cariño mostrado a su manera, etc. A veces se dan cuenta, pero siempre sacan el tema “de la falta de cariño” y de la escasez de tiempo invertido en ellos.  Esta madre tiene pegas, ...como todo el mundo, pero el balance de su persona es netamente positivo.

Después de mi experiencia como hijo y de mi experiencia como profesional de la educación, me planteo las siguientes cuestiones, de las que os hago participes:

-          Las madres, los padres….siempre tendrán defectos, porque son humanos. Aceptar esta realidad nos ayudará en el camino de una relación armoniosa con ellos.  Me refiero a situaciones normales, no a casos extraordinarios  -padres delincuentes, drogadictos, violentos…  - a los que también hay que tenderles la mano, aunque a veces sea heroico, porque el rencor nunca nos lleva a la felicidad.

-          Pretender que los padres sean perfectos es un error, como lo es buscar la perfección en los hijos. La  búsqueda de la perfección, en ambas direcciones, puede dejar frustración, amargor, resentimiento y, en algunos casos, enfermedad.

-          Entre las obligaciones de los padres están las de  exigir, corregir, sancionar, aconsejar, reprender…., pero siempre por amor y, a ser posible, con amor, que nos lleva a recoger, comprender, disculpar, perdonar y pedir perdón cuando nos equivocamos, destacar lo que se hace bien…. En definitiva,  aceptar y querer a los hijos en su conjunto, con lo bueno y con lo menos bueno y viceversa.

-          Los defectos de las personas debemos verlos como una especie de “fondo de cuadro” que, por contraste, nos ayude a destacar las virtudes.  De alguna forma, esos defectos nos hacen la vida un poco menos rutinaria y aburrida, aunque no sean deseables.

-          Los defectos de los que nos rodean nos ayudan muchas veces a pulir aristas de nuestro carácter. Quizás nos ayudan a ser más pacientes, más humildes, más serviciales,…más humanos.

No quiero terminar este artículo sin hacer hincapié en varias ideas generales, para educandos y educadores:
·         Si hablamos de los defectos de los demás también debemos hablar de sus virtudes. Si es así, estaremos siendo justos y objetivos con ellos. Esto va dirigido a mí, a ti, a todos… para padres, hijos, profesores,  amigos, vecinos…, para todo ser humano.

·         Causamos buen ambiente en casa, en el colegio, en el trabajo….si casi todos los días procuramos fijarnos en lo positivo, más que en lo negativo. Se trata de cambiar el chip cuando damos entrada a varios pensamientos negativos. Podemos elegir el color de las gafas con las que miramos. El tono positivo es muy eficaz en la educación y en la relación con los demás, en el número de amigos, en la resiliencia, etc.

·         Confiar en los demás es más productivo que considerar, de antemano, que todo el que se cruza conmigo “va a hacer las cosas mal”. Si un hijo o un alumno percibe que confiamos poco en que “vaya a hacer algo bien”, es más fácil que lo haga mal.

·         En consonancia con lo dicho en el anterior punto, no debemos etiquetar a nadie, porque lo enterramos bajo  una losa que le costará quitarse de encima. Como profesores somos capaces de poner una buena nota a un mal examen del empollón y de suspender o poner una nota baja al examen similar del “vago de la clase”. Lo mismo puede ocurrir con los hijos.

·         Si queremos que nuestro hijo haga algo debemos ponerle metas asequibles, difíciles pero asequibles. Conozco a una persona empeñada en que su hijo termine Farmacia, porque tiene un negocio de farmacia que quiere dejarle. La intención es muy buena, pero su hijo y las ecuaciones, las formulaciones y todo lo que se mueve en este mundo, son incompatibles. El resultado es previsible. Después de cuatro años de carrera no ha pasado de primero, está depresivo, la madre insiste cada vez más intensamente en que termine la carrera y las relaciones familiares son conflictivas.

·         Hay que corregir comportamientos, pero no hacer juicios de valor de las personas. No podemos decirle a nuestro hijo que es un vago, más bien hay que concretarle o concretar con él  -depende de la edad-  cuál va a ser su nuevo horario de estudio y estar pendiente de que lo cumpla.

·         A los hijos se les quiere como son, por eso evitamos las comparaciones con otros hijos, vecinos, familiares,…que quizás hacen mejor las cosas. Os dejo la URL de un simpático vídeo, que nos puede ayudar a entender esto:
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=5UbFGTreCis

·     Los padres no comentan la intimidad de sus hijos sin su consentimiento y viceversa. Ni siquiera con los abuelos; menos aún si es humillante.

·         En público se alaba, en privado se reprende.

Muchos padres y profesores viven estos consejos. Algunos piensan que no producen los frutos que esperaban, pero han dejado na semilla para toda la vida. Habrá frutos inmediatos, otros a medio plazo y, sin duda, algunos que no verán pero que serán reales como la vida misma.

Quiero terminar este artículo con unos pensamientos de la querida Madre teresa de Calcuta, llenos de sabiduría:
"Enseñarás a volar, pero no volarán tu  vuelo
Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. 
Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. 
Sin embargo en cada vuelo, 
en cada sueño, 
en cada vida, 
perdurará siempre la huella del camino enseñado.” 


José Antonio de la Hoz




martes, 27 de agosto de 2013

Delegar y educar para la autonomía

Uno de los fines de la educación de los hijos es que sean autónomos e independientes, delegando en ellos tareas progresivamente, en función de su edad y circunstancias personales y/o  ambientales. Ejercitando y desarrollando adecuadamente sus capacidades, asumiendo la responsabilidad de los propios actos, bajo la tutela instrumental de los padres, los hijos llegan a disfrutar de un nivel aceptable de felicidad.

Para conseguir lo anterior, los padres han de aprender a delegar tareas en los hijos y esto no es fácil. Todos hemos visto a madres y padres haciendo tareas de los hijos que estos ya pueden hacer, quizás por un mal entendido amor, quizás por desconocimiento de los beneficios derivados de que los hijos las asuman o, tal vez, por incapacidad para delegar o por convencimiento de que las tareas se hacen más rápido y mejor si las hacen ellos.

La educación de los hijos es una tarea lenta, gradual, constante y paciente. Hay que colocarla entre las TAREAS IMPORTANTES, que no son sofocadas por las URGENTES, que nos impiden ver las consecuencias a largo plazo de lo que hacemos. Por eso cuando enseñamos a nuestros hijos a hacer cosas, aconsejo guiarse por  las siguientes disposiciones:

·         No buscamos que hagan las cosas  como las haríamos nosotros, sino que aprendan a hacerlas. Hay tareas que admiten varias formas de realizarlas y nuestros hijos no tienen porque elegir la nuestra. Ejemplo: ponerse una u otra camiseta para hacer deporte. Limpiar los platos antes o después del telediario. Usar uno o dos nudos en los cordones, etc.

·          No es positivo una actitud permanente de corrección, que puede inhibir la creatividad presente y futura de nuestros hijos. Ellos no son una extensión de nuestro cuerpo ni de nuestra mente. Tienen su propia personalidad. Ejemplo: se les puede pedir  que ordenen la habitación pero dejándolos que elijan el modo de hacerlo.

·       Algunas tareas, por su complejidad, pueden hacerse conjuntamente con los hijos y, cuando la dominen, terminar delegándolas completamente. Ejemplo: hacer una determinada comida, poner una lavadora o hacer un arreglo eléctrico.

·        Hay tareas que han de hacerse de una forma concreta, pero otras admiten diversas posibilidades de realización.  Delegar es pedirle a una persona un resultado, con pocas limitaciones para conseguirlo. Quizás se puede concretar el tiempo o el gasto para conseguirlo, pero si se le va a exigir responsabilidades, no podemos pedirle que haga las cosas como las haríamos nosotros o criticar que no las hagan como las haríamos nosotros, salvo que objetivamente sea la única opción.

·         Cuando se está aprendiendo una tarea el que enseña ha de tener cierto grado de paciencia ante los primeros errores y alabar todos los aciertos. Hay tareas que exigen tiempo, práctica y algunos errores para dominarlas.

·         Algunas cosas se aprenden viendo cómo se hacen, otras necesitan una explicación previa, otras una o varias demostraciones, otras se aprenden de forma gradual, otras comenzando a hacerlas sin más. Para que el aprendiz se sienta cómodo debe encontrar buena disposición para explicar dudas en el docente y cierta paciencia y constancia.

·         Todas las personas, también nuestros hijos, tienen más desarrolladas unas capacidades que otras. Lo que al padre o la madre le puede resultar fácil, al hijo le puede parecer “un mundo”. Es la hora de la paciencia y de la constancia, nunca de los adjetivos humillantes ni de las descalificaciones, tampoco de las broncas.

·         No se dejan de encargar tareas porque sean difíciles de realizar. Precisamente el entrenamiento de nuestros hijos en lo difícil pero asequible, facilita que se desarrolle de forma equilibrada y que aprenda a superar obstáculos. Esto influirá positivamente en su autoestima.

Llegados a este punto nos podemos preguntar por las tareas que podemos delegar en nuestros hijos. La respuesta es que cada hijo es un mundo, con sus circunstancias. Teniendo en cuenta lo anterior, os paso un listado de tareas que tus hijos pueden hacer, en función de su edad:

·      Niños de dos a tres años ( con ayuda de los padres y/o supervisión): desvestirse, ponerse el pijama y recogerlo, peinarse, lavarse los dientes, ordenar el dormitorio y su mesa, colocar la ropa sucia en el cesto, estar presente cuando se hace la cama y ayudar en algo. Otras tareas se similar complejidad.

·      Entre cuatro y cinco  años: observa al adulto e imita su conducta. Tareas : recoger la ropa limpia y doblarla, usar aspiradoras de mano, limpiar el polvo superficial, vaciar el cubo de la basura, conocer su número de teléfono, limpiar el inodoro, organizar cajones, vaciar el cubo de la basura, nadar, ayudar a vaciar el lavavajillas, ayudarte en el supermercado, poner platos y cubiertos en la mesa. Asimila y cumple normas sencillas. Realiza otras tareas de similar dificultad.

·      Entre seis y siete años:  vaciar el lavavajillas y colocar platos y cubiertos, hacerse el desayuno y preparar comidas fáciles, bañarse solo, usar escoba y recogedor, usar los cubiertos correctamente. Identifica el bien con lo mandado y el mal con lo prohibido por el adulto. Aprende a saludar, despedirse y agradecer. Tiene el deseo de actuar bien y si se equivoca culpa a otros porque no acepta que lo consideren malo.

·      A los ocho años: Comienza a adquirir autonomía personal y puede controlar sus  impulsos, en función de sus intenciones. Es capaz de organizarse en la distribución del tiempo, del dinero y de los juegos. Todavía precisa alguna supervisión. Pueden dársele responsabilidades diarias: preparar el desayuno, bañarse, acudir solo al colegio, etc.

      Empieza a distinguir la voluntad del adulto de la norma y es consecuente en su conducta. Sabe cuándo y cómo debe obrar en situaciones habituales de su vida. La actuación de las personas adultas es decisiva, dado que si persiste una presión autoritaria el niño se hace dependiente, sumiso y falto de iniciativa. Si, por el contrario, se obra de forma permisiva, el niño se convertirá en una persona caprichosa e irresponsable. Así pues, se hace imprescindible una actitud que favorezca la iniciativa y mantenga la exigencia. Le atrae el juego colectivo y coopera en grupo. Es capaz de prever las consecuencias de sus actos.

·      Entre nueve y once años: “…Ya es bastante autónomo en sus intenciones y, por lo tanto, en su responsabilidad. Suele tener una organización propia para sus materiales, ropas, ahorros... Puede encargarse de cualquier tarea doméstica y debe realizarla con responsabilidad y cierta corrección. Le gusta que se le recompense por la tarea que se le encomienda.

Aunque aparezcan rasgos de dependencia, le gusta tomar decisiones y oponerse al adulto con cierta rigidez. Es capaz de elegir con criterios personales. Se hace estricto, exigente y riguroso.

Reconoce lo que hace mal, pero siempre busca excusas, aunque para los demás suele ser muy estricto. Le gusta que le dejen decidir por sí mismo y tiene necesidad de afianzar su yo frente a los demás, de ahí su resistencia a obedecer y su afán de mandar a otros niños menores. Conoce sus  posibilidades, decide y reflexiona antes de obrar, aprende de las consecuencias y se siente atraído por los valores morales de justicia, igualdad, sinceridad, bondad, etc. “

José Antonio de la Hoz
Fuentes:
·         Elaboración propia

martes, 20 de agosto de 2013

Lo mejor para tus hijos: un solo criterio


 
El día a día, la rutina, un mal entendido amor a los hijos, las exigencias del trabajo, el cansancio, la diversidad de caracteres, los distintos pareceres referidos a la educación de los hijos…, pueden llevar a los padres a  educar mal a los hijos, influyendo negativamente en  su desarrollo personal.
 
En una casa se producía, no hace mucho, la siguiente escena: un padre con su hijo en la sala de estar, con la televisión encendida. El padre charlando con una visita, el hijo jugando con la consola, la madre en la cocina preparando algo para la visita. El padre se levanta y, con buen criterio, apaga la televisión, para continuar la conversación con la visita y, porque no decirlo, ¡por educación!. El hijo, hasta ese momento muy atento a la videoconsola, se levanta y va a la cocina. Se oye decirle a la madre que:”papa me ha apagado la televisión”. La madre hace acto de presencia en la sala de estar y, delante de los amigos, le echa en cara al padre que le corte la televisión al hijo.
 No es la primera ni la última vez que percibo, en algunas familias, que el padre y la madre van cada uno por su lado en la educación de los hijos. Esto es un error de bulto, por los siguientes  motivos:
 
-        La tarea de educar   corresponde al padre y a la madre, a los dos. Ninguno debe atribuirse la exclusiva en ningún aspecto de la misma y ninguno debe hacer dejadez de funciones.
-        Por razones obvias, al hijo hay que trasladarle un solo criterio. Si los padres se muestran con frecuencia divididos, el hijo buscará el amparo en quien más le convenga. Esto implica un déficit de educación y, probablemente, continuos enfrentamientos entre los padres. En otras palabras, el hijo juega con los padres y los divide.
-         La madre no debe volcar todo su cariño en los hijos y dejar de lado al padre, ni a la inversa. Al final los hijos se van de casa, y si no se ha cultivado el cariño y el respeto entre los cónyuges, la cosa puede derivar en drama.
-        El padre debe reforzar a la madre y la madre debe reforzar al padre. Si la madre ha tomado una decisión “equivocada” y el niño acude al padre para que la corrija, este reforzará a la madre diciéndole al hijo que la cumpla. Después, si lo ve oportuno y en privado, comentará con la madre la conveniencia o no de esa decisión y consensuarán un criterio común.
-        Cuando el hijo consulta un tema al padre o a la madre, debe oír como respuesta: “déjame que lo comente con tu madre o , en su caso, con tu padre”…, si no hay un criterio asentado del matrimonio. Hay que rechazar las consultas con respuesta inmediata, que suelen ser “consultas trampa” o impulsivas. Los hijos deben aprender a planificar y consultar las cuestiones con el tiempo suficiente. Les estaremos enseñando a eso…, razonar, planificar, consultar, no actuar de forma impulsiva, no jugar con los padres.
-        En casa no debe haber poli bueno y poli malo. Esto implicaría  que hay dos o más criterios y, por tanto, que se está educando mal a los hijos.
-        La pareja debe buscar momentos solos, para hablar sobre la educación de los hijos, plantearse objetivos para cada uno, forjar criterios para actuar con una sola voz, etc.
-         A la hora de consensuar criterios educativos, es bueno :
o  Conocer la opinión de autores especializados, con sentido común y autoridad. También es bueno acudir a las sesiones de “escuelas de padres”, tutorías, blogs de prestigio, etc.
o   Saber qué se puede pedir a los hijos en cada edad y cómo hacerlo.
o   Conocer bien las fortalezas y debilidades de cada hijo.
o   Escuchar a la pareja. Se puede oír , pero no escuchar. El que oye recibe el mensaje del otro pero ni lo estudia, ni lo valora. Esta actitud es propia de quien cree que siempre lleva la razón. Esto destruye la comunicación y la capacidad de negociar y llegar a un consenso.
o   En toda negociación hay que ceder. Dicen los expertos que la negociación más estable es la que usa como estrategia “Ganar – ganar”, es decir, las dos partes ceden en una proporción cuantitativa y cualitativa similar.
o   Cuando los criterios son muy divergentes, la comunicación de escasa calidad y la capacidad de negociar es ínfima, hay que acudir, por el bien de los hijos, a un especialista.
o   Cuando los padres están separados no deben usar a los hijos contra la             ex - pareja. Por el bien propio y de sus hijos deben vivir los criterios vistos, para no caer todos en un calvario.
 
José Antonio de la Hoz

lunes, 19 de agosto de 2013

Educar la intimidad es educar la libertad



Son las cuatro de la tarde y me encuentro en la puerta del edificio donde vive  un amigo. Acabo de tocar al portero y espero a que me abra. Por la puerta de cristales, a menos de un metro, se ve a una pareja joven, en torno a los 20 años, en actitud más que cariñosa. Perciben mi presencia, más aún después de que mi amigo me franquee la entrada al hall del edificio, con el consabido ruido del portero electrónico, el ruido de la puerta y mis pasos a poca distancia. La pareja ni se inmuta, sigue a lo suyo con una buena dosis de descaro. Para algunos es algo como muy normal, para mí no lo es.
Hay personas que no tienen intimidad, quizás porque desde muy jóvenes no la vivieron en su casa, renunciando  a ella en numerosas ocasiones, hasta llegar a ver como algo normal el hecho de poner en el escaparate sus comportamientos más íntimos. Ya no saben que es suyo y qué  es de dominio más o menos público.
Frecuento unas instalaciones deportivas de la Universidad de Granada. Hace poco me encuentro a un padre, con su hijo de unos 10 años,  desnudos en una ducha de los vestuarios, donde había más varones de cierta edad. Es la típica ducha corrida, a la vista del resto del vestuario, en un lugar de paso obligatorio hacia los váteres.
Cualquier día por la calle ves a chavalas con el típico pantalón corto. Algunas usan modelos de creación propia, aprovechando vaqueros viejos, con un corte radical y bastante expositivo.
 Hace dos días cenaba con mi suegra en un restaurante de playa. Eran las 9.30 de la noche y hacía cierto fresquito. Delante de nosotros, a pocos metros, unas chiquillas con no más de 16 años flirtean con tres chavales de su misma edad. Todos en traje de baño, a pesar del frío. Ellas despliegan todo su repertorio de insinuaciones, sin que nuestra presencia y la del resto de comensales de la terraza les cortase lo más mínimo. Los chavales se ven superados por la situación y se marchan antes que ellas. Esta situación también se produce a la inversa.
 Leo en prensa que una chica de treinta años pasea desnuda por el centro del pueblo granadino de Santa Fe. Los vecinos llaman a la policía y esta hace acto de presencia, invitando a la chica a vestirse. Esta se niega y es detenida.
Todos los relatos son ejemplos que me llevan a pensar, sin más consideraciones morales, en dos conceptos, apuntados en el título de este breve artículo, el de intimidad y el de libertad.
Para explicar porque intento relacionarlos hago unas consideraciones previas:
·         Antiguamente se definía al hombre como animal racional, porque en la naturaleza humana hay instintos, lo mismo que en  los animales. La razón  es exclusiva de los humanos y es la que eleva su dignidad.
·         Hay estímulos que despiertan a los instintos invitando al que los sufre a actuar de forma animal. Ejemplo: nos cuesta esperar a la hora de comer cuando tenemos hambre. Nos cuesta esperar nuestro turno en una fuente pública, en pleno mes de agosto, cuando la sed aprieta, etc. Cuesta someter los instintos a la razón…, por eso es importante aplicar el sentido común y facilitar las cosas.
·         La vista de determinados estímulos nos invitan con fuerza a comportamientos instintivos relacionados con la comida, la bebida, el sexo…, hasta el punto de que personas sin escrúpulos los usan para ganar dinero, por la fuerza que tienen y la dificultad para controlarlos. Una vez despiertos, cuesta controlarlos y si se repite la respuesta positiva a los estímulos terminamos con una adicción. Hace unos días aparecía en el telediario un Pub granadino, denunciado por sortear una relación sexual con la camarera.
·         La libertad hay que ganársela a pulso, controlando los impulsos instintivos, de manera que queden moderados por la razón y no al revés. El placer no es malo, pero cuando no lo controlamos se adueña de nuestra vida, de nuestra actividad, de nuestro futuro,… si aparece la adicción.
·         Cuando se cede en un instinto se termina cediendo en todos los demás, porque la voluntad debilitada no es selectiva. En el hombre no hay compartimentos estancos.
·         La frontera entre el autocontrol y la adicción es muy difusa, hasta el punto de que muchos adictos a distintos placeres (bebida, comida, sexo, juego, móviles…) no admiten serlo.
Una vez expuestas estas ideas, hago los siguientes razonamientos:
·         Tengo derecho a que los demás no hagan pública su intimidad delante de mis ojos, entre otras cosas porque esa exposición lleva aparejada una carga moral que no comparto.
·         Los espacios públicos deben ser neutros en lo que respecta a comportamientos con carga moral.
·         En la exposición sexual puede haber un hábito de desinhibición, pero también una cesión al instinto por encima de cualquier otra consideración y, por tanto, de generalizarse esta actitud, vamos a un modelo de sociedad donde lo impulsivo campa por sus respetos. Por eso, que no nos extrañe que nos toquen el claxon en la carretera con más frecuencia, que nuestro vecino pierda los papeles con más facilidad, que la discusión en las relaciones sociales y profesionales sea más frecuente…., que la sociedad pierda calidad, porque el conflicto anida con facilidad cuando la razón justifica a los instintos. Ya se sabe, cuando no se actúa como se piensa, se termina pensando como se actúa…y el instinto y lo instintivo, sacado de madre, favorece el egocentrismo, llevando a percibir “al otro”, como una molestia.
·         El hombre es más libre cuando domina sus instintos.
·         El hombre esclavo busca justificar su comportamiento consiguiendo adeptos. El chaval que cae en el consumo de drogas termina invitando a consumirlas, el que bebe a beber, el que come en exceso a comer con exceso,…todo ello en un intento de acallar la propia conciencia, la falta de autodominio, la adicción, la esclavitud.
·         De forma más o menos consciente se intenta controlar la voluntad del otro a través de sus comportamientos más primarios. Ejemplos hay muchos, se convocan comidas copiosas para cerrar acuerdos comerciales en los postres, se invita a cubatas a personas para que cuenten determinadas cosas, se usa el sexo con fines espúreos…. Hay chicas y chicos  que disfrutan controlando la mirada del que pasa a su lado…
Los modelos de comportamiento proclives a la exposición de la intimidad han sido favorecidos por los creadores de moda, por grandes y pequeñas cadenas de televisión, por editoras de revistas, por determinados lobbies,… buscando enriquecerse o buscando la justificación social o el asentamiento de unas pautas de comportamiento determinadas y determinantes.
Por todo lo dicho, aconsejo a los padres que eduquen a sus hijos sabiendo que son “animales racionales” y que los eduquen para que ellos y los que los rodean tengan autocontrol y sean más libres.  Esto se hace desde pequeños, estableciendo límites y, vuelvo a repetir, “teniendo claro qué es el hombre”, conociendo sus fortalezas y sus debilidades. Termino con una frase que no es mía: “el hombre es capaz de todos los errores y de todos los errores”. Quien la dijo conocía bien la condición humana.
José Antonio de la Hoz